Lunes. Agosto. Un calor infernal. La piel se quema poco a poco y sientes con la misma lentitud como se vuelve incandescente mientras se arruga y te estira. El polvo se mezcla con el sudor convirtiendo la respiración en algo imposible. Miras al cielo. Ni una misera nube que mantenga la esperanza de un chapuzón aliviador. Sigo trabajando. Sigo silbando como único reclamo de querer seguir con vida. Sigo esperando que el Sol muera como cada noche y vuelva a ganarle, como cada día, la batalla de la vida.