Hay que vivir

Mi casa está lejos de la gran ciudad. Lejos de ruidos y de atascos. Desde la ventana puedo ver las tierras viejas y erosionadas en donde nuestros padres y abuelos faenaban para darnos de comer. Como en todos los inviernos tristes, el aire trae lamentos de la ciudad. No distingo si son las mismas brisas caducas y repetidas de años anteriores o son los nuevos aires que vienen con las mismas penas carentes de sensibilidad. Cansado de oír tantas veces el mismo runrún,  pienso que aun me queda algo de tiempo para poner la cara al viento y aventurarme a soñar.


                

Habrá que hacernos a la idea
que sube la marea
y esto no da más de sí.
Habrá que darnos por vencidos
y echarnos al camino
que no hay nortes por aquí.
Al sueño americano,
se le han ido las manos
y ya no tiene nada que ofrecer,
sólo esperar y ver si cede
la gran bola de nieve
que se levanta por doquier.

¡Hay que vivir!, amigo mío
antes que nada hay que vivir,
y ya va haciendo frío,
hay que burlar ese futuro
que empieza a hacerse muro en ti.

Habrá que componer de nuevo
el pozo y el granero
y aprender de nuevo a andar.
Hacer del sol nuestro aliado
pintar el horno ajado
y volver a respirar.
Quitarle centinelas,
al parque y a la escuela,
columpios y sonrisas volarán.
Sentirse libre y suficiente
al cierzo y al relente,
mientras se va dorando el pan.

Habrá que demoler barreras,
crear nuevas maneras
y alzar otra verdad.
Desempolvar viejas creencias
que hablaban en esencia
sobre la simplicidad.
Darles a nuestros hijos,
el credo y el hechizo
del alba y el rescoldo
en el hogar.
Y si aún nos queda algo de tiempo,
poner la cara al viento
y aventurarnos a soñar.